Es una palabra que nunca me ha gustado y a la que le profeso una profunda inquina. Sobre todo, cuando funciona cómo una terrible barrendera detrás de ilusión. Me reconozco fan de ilusión, lo cual en multitud de ocasiones me ha convertido en iluso y aunque me resisto a la compañía de la decepción, esta es perseverante.A medida que los años me van dejando su huella moral (la física es evidente), voy atesorando, recibiendo y amontonando muchas. Unas son con minúscula y otras con mayúscula y negrita. Las pequeñas cómo aquella nota de un examen, la derrota de tu equipo favorito, el sabor incongruente del plato que has pedido, el final de la película mal concebido...Las mayúsculas en cambio suelen coincidir con las relaciones humanas y son mucho más dolorosas. La DECEPCIÓN suele convertirse en el heraldo que precede a traición, olvido o dolor.
Cuando alguien te muestra su lado más amable, y le tiendes la mano tantas veces cómo lo necesite, sin esperar nada a cambio. Cuando se establece una complicidad especial y de repente sin mediar explicación desaparece esa persona, y descubres objetivamente lo que poco que significabas para ella. Entonces, sólo entonces aparece DECEPCIÓN, causando un pesar directamente proporcional al aprecio que sentías.
Si fuera académico propondría el destierro del uso de esta palabra.











