Una perla al día

sábado, 28 de febrero de 2009

El tiempo y la belleza



Tomado de El Club de la Efectividad.* The Washington Post.
Un hombre se sentó en una estación del metro en Washington y comenzó a tocar el violín, en una fría mañana de enero. Durante los siguientes 45 minutos, interpretó seis obras de Bach. Durante el mismo tiempo, se calcula que pasaron por esa estación algo más de mil personas, casi todas camino a sus trabajos.Transcurrieron tres minutos hasta que alguien se detuvo ante el músico. Un hombre de mediana edad alteró por un segundo su paso y advirtió que había una persona tocando música.Un minuto más tarde, el violinista recibió su primera donación: una mujer arrojó un dólar en la lata y continuó su marcha.Algunos minutos más tarde, alguien se apoyó contra la pared a escuchar, pero enseguida miró su reloj y retomó su camino.Quien más atención prestó fue un niño de 3 años. Su madre tiraba del brazo, apurada, pero el niño se plantó ante el músico. Cuando su madre logró arrancarlo del lugar, el niño continuó volteando su cabeza para mirar al artista. Esto se repitió con otros niños. Todos los padres, sin excepción, los forzaron a seguir la marcha.En los tres cuartos de hora que el músico tocó, sólo siete personas se detuvieron y otras veinte dieron dinero, sin interrumpir su camino. El violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar y se hizo silencio, nadie pareció advertirlo. No hubo aplausos, ni reconocimientos.Nadie lo sabía, pero ese violinista era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo, tocando las obras más complejas que se escribieron alguna vez, en un violín tasado en 3.5 millones de dólares. Dos días antes de su actuación en el metro, Bell colmó un teatro en Boston, con localidades que promediaban los 100 dólares.Esta es una historia real. La actuación de Joshua Bell de incógnito en el metro fue organizada por el diario The Washington Post como parte de un experimento social sobre la percepción, el gusto y las prioridades de las personas. La consigna era: en un ambiente banal y a una hora inconveniente, ¿percibimos la belleza? ¿Nos detenemos a apreciarla? ¿Reconocemos el talento en un contexto inesperado?Una de las conclusiones de esta experiencia, podría ser la siguiente: Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar a uno de los mejores músicos interpretar la mejor música escrita, ¿Qué otras cosas nos estaremos perdiendo?
Este experimentó lo repitió 20minutos con Ara Malikian en el metro de Madrid, con idéntico resultado.


6 comentarios:

AqUÍstOYyO dijo...

Es realmente una entrada triste, sí señor.

El tiempo, la prisa nos están robando a nostros mismos que nos estamos dejando robar.¿Cuántas cosas me estoy perdiendo? ¿Cuánto llegaré a arrepentirme? y ¿Cuándo?.

Touchée.

Rolex dijo...

Como experimento periodístico tiene su gracia. Pero no entiendo que conclusiones se pueden sacar de él ni su utilidad. Está claro que no vamos con todos nuestros sentidos permanentemente activados, menos en esas situaciones. Eso ya se sabe de antes.

Arturo dijo...

Utilidad ninguna. Sólo pretende llamar la atención, sobre el tinglado que tenemos montado, donde nos hemos convertido en unas simples herramientas de producción y consumo. Conviene pensar que la vida es algo más, y que precisamente las cosas menos útiles, suelen ser las más hermosas.

marié dijo...

Yo, a eso, lo llamo confundir lo urgente con lo importante.
Nos pasamos el día corriendo detrás de lo "urgente" (qué risa), detrás de una zanahoria de invernadero que ni siquiera tiene sabor a zanahoria. Y cuando llegas, te das cuenta de que tampoco era una zanahoria.

marié dijo...

La pregunta es: ¿yo me pararía en el metro a escuchar a Joshua Bell interpretando a Bach?

¿Sabéis lo triste? Que a lo mejor/peor la respuesta depende de cómo vaya vestido.

Aunque seguramente su manera de tocar también.

Y también si es un chico o chica joven que está aprendiendo. Entonces también me pararía, seguramente.

Mi hijo, a los 14 años, solía repasar sus lecciones de saxo en el Promenade de Santa Mónica, L.A., una especie de paseo peatonal. Yo le animaba, para que superara la intimidación del público y, de paso, sacaba para pagarse las fotocopias y libros de música.

Mi hija, con 7 años hacía lo mismo, con el violín, en la rambla de Almería. Se sentía más motivada para estudiar que en casa.
Pero es que en verano, en Almería, la gente tiene más tiempo y disposición para la curiosidad (si no la belleza) que en el metro de N.Y.

Arturo dijo...

Que razón tienes Marie, ni siquiera es una zanahoria.