Una perla al día

sábado, 15 de noviembre de 2008

Decepción

Es una palabra que nunca me ha gustado y a la que le profeso una profunda inquina. Sobre todo, cuando funciona cómo una terrible barrendera detrás de ilusión. Me reconozco fan de ilusión, lo cual en multitud de ocasiones me ha convertido en iluso y aunque me resisto a la compañía de la decepción, esta es perseverante.
A medida que los años me van dejando su huella moral (la física es evidente), voy atesorando, recibiendo y amontonando muchas. Unas son con minúscula y otras con mayúscula y negrita. Las pequeñas cómo aquella nota de un examen, la derrota de tu equipo favorito, el sabor incongruente del plato que has pedido, el final de la película mal concebido...Las mayúsculas en cambio suelen coincidir con las relaciones humanas y son mucho más dolorosas. La DECEPCIÓN suele convertirse en el heraldo que precede a traición, olvido o dolor.
Cuando alguien te muestra su lado más amable, y le tiendes la mano tantas veces cómo lo necesite, sin esperar nada a cambio. Cuando se establece una complicidad especial y de repente sin mediar explicación desaparece esa persona, y descubres objetivamente lo que poco que significabas para ella. Entonces, sólo entonces aparece DECEPCIÓN, causando un pesar directamente proporcional al aprecio que sentías.
Si fuera académico propondría el destierro del uso de esta palabra.

5 comentarios:

Rolex dijo...

Bueno Arturo... Espero que nada te haga perder esa ilusión que te suele acompañar. A veces hay malos momentos, horas bajas, baches.... Cosas que sólo el paso del tiempo ta hacen comprender. Otras veces nuevas ilusiones a las que nunca hay que cerrar la puerta. En cualquier caso te mando un abrazo que al leer esto me han dado ganas de darte.

Arturo dijo...

Gracias Rolo, otro para ti.

Griselda dijo...

A mi también me han entrado ganas de abrazarte, como tantas otras veces cuando leo todo lo que escribes.
Quiero añadir que a veces, solo a veces, puede resurgir la ilusión que precedió a la decepción. Tan solo hay que valorar si vale la pena hacer el esfuerzo.
Gracias por dejar abiertas de par en par estas ventanas virtuales por las que me asomo con la misma frecuencia con la que amanece un nuevo día.
Un fuerte abrazo lleno de ilusión.

Arturo dijo...

Una alegría saber de ti ya que a pesar de la cercanía de Halloween, las tumbas cada vez son más silenciosas. La ilusión no necesita ningún esfuerzo, se abre paso despacito, poco a poco, sin hacer ruido, para que no la barran.

Un abrazo.

Cristina Catarecha dijo...

Sé muy bien de qué hablas. Un día, un amigo muy querido me hizo notar una realidad en la que yo no había caído en cuenta: todo, en esta vida, es una cuestión de espectativas. Yo, en un principio, desoí ese comentario negándolo con fuerza y tozudez pero luego, recapacitando con toda la sinceridad de que fuí capaz, llegué a la conclusión de que eso era cierto.
Nosotros, cada uno, nos movemos en una arista de lo que es para nosotros la realidad y la verdad. Algunos, intentamos obrar en consecuencia con nuestra manera de pensar y ello puede conducirnos al error de esperar que los otros hagan lo mismo y.....nada más lejos; csi nunca sucede eso.
Yo creo que es una manera de protegernos/protegerse como esa teoría del avestruz de lo que no se ve no existe.
La decepción la conozco de cerca porque soy vehemente y creo que consecuente, pero eso tan sólo "casa" conmigo y no tiene porqué hacerlo con nadie más.
La vida nos enseña (a golpes, muchas veces) a constatar esa realidad, la que hay unos metros más alejada de nosotras firmes convicciones y acabamos por incorporarla a "lo posible" de nuestra vida, no tan sólo a "lo no deseado".
La decepción, en el causante, es una insuficiencia de armas; es un tirar por la tangente y, posiblemente ellos, los que decepcionan, sufren aún más que nosotros el dolor de lo "no hecho".
Las decepciones duelen y enseñan; ahora ya lo sabes.
Un beso.